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FISIOMA Magazine

Nacidos para correr: Corre descalzo

“Nacidos para correr”. Así de directo y contundente se presenta el título de uno de los mayores fenómenos literarios de los últimos años; un libro, el escrito por Christopher McDougall, que ha llevado al running a otro nivel y ha revolucionado las redes sociales y los foros dedicados al arte de correr.

¿Te gusta correr? ¿Por qué? Es evidente que cada vez hay más gente que corre, más carreras en todas las ciudades y  es el deporte rey para la gente de la calle. Se puede hacer seas quien seas y estés donde estés. Una vez que empiezas a correr ya no puedes dejar de hacerlo.

¿Pero por qué nos gusta tanto correr? La respuesta se revela claramente: correr está en nuestros genes. El desarrollo evolutivo del ser humano se ha llevado a cabo, en gran parte, por y para ser brillantes a la hora de desplazarse sobre las dos piernas. No especialmente en cuanto a velocidad pero sí en cuanto a eficiencia Tanto es así que la respuesta fisiológica ante el estímulo de la carrera –superado el impacto obvio de la fatiga- nos impulsa, una vez empezamos, a seguir y seguir y seguir… incluso llegando a niveles suprabiológicos como en el caso de Maratones y Ultramaratones. Cabe destacar, sin embargo, que recorrer distancias tan largas y en tan poco tiempo no ha sido el aspecto más determinante a nivel evolutivo, aunque hemos encontrado la manera de entrenar nuestro cuerpo de forma que nos permita conseguirlo –pagando algunos costes, eso sí- .

Ante esta premisa, claro está, surge la primera duda. Si estamos “hechos para correr” a nivel fisiológico, biomecánico y anatómico, ¿por qué nos resulta una actividad tan lesiva? ¿Cómo es posible que hasta el 90% de personas que preparan un Maratón desarrolle alguna dolencia o lesión?

¿Por qué nos resulta una actividad tan lesiva?

Por una parte hemos de tener en cuenta que, como hemos comentado, estamos desarrollando, a nivel recreacional y competitivo, actitudes respecto el ejercicio de resistencia que van más allá –posiblemente- de lo que nuestro organismo puede tolerar tanto a nivel cardiovascular como a nivel tisular y articular.

Esto podría llevar a las alarmantes cifras que manejamos hoy en día respecto a tasas e incidencia de lesiones en corredores. Y es que prácticamente nadie que se decide por llevar a cabo la actividad más antigua de la humanidad (reproducción de la especie al margen) se libra de tener alguna dolencia al cabo de pocas semanas o meses de práctica regular.

Liderando el ranking encontramos periostitis tibial (inflamación de la capa más superficial del hueso de la tibia) o lesiones tibiales por estrés, tendinopatías en el tendón de Aquiles (vital a la hora de correr), y la famosa fascitis plantar (temida por todos los corredores) Si valoramos también a los ultramaratonianos, la lista aumenta con la presencia de síndrome fémoro-patelar (alteración a nivel rotuliano, casi siempre relacionado con desgaste cartilaginoso)

Es cierto, sin embargo, que –al menos en cuanto a uno de los grandes males de los corredores como suelen ser las rodillas- parece que correr no provoca tantos daños como dábamos por sentado si hablamos de otra de las dolencias más comunes como es la osteoartritis (artrosis).

Por otra parte, nos encontramos ante la segunda duda. Una duda que se ha puesto de relevancia, especialmente, durante la última década. ¿Corremos bien? ¿Ha habido cambios en nuestra biomecánica? ¿Puede ésta estar relacionada con la explosión de lesiones sufrida por los corredores en los pasados años.

Si hablamos de patrones de pisada, en seguida nos topamos con dos amplios grupos: la pisada con el mediopie (metatarsos) o la pisada con el retropié (talón)

Como ya sabrán la mayoría de nuestros lectores, éste viene siendo un debate intenso en prácticamente cualquier foro donde se hable del hecho de correr, aunque acabe derivando casi siempre en una guerra de “barefooters” contra “amortiguados”

El aterrizaje del pie al caer en el suelo durante la carrera debería ser, debido a nuestra composición anatómica y biomecánica, con la zona del metatarso. Por lo general, no lo entendemos de otra manera si no hay algún condicionante o elemento externo que nos haga variar ese patrón, aunque existen excepciones.

Por tanto, ¿hay diferencia práctica entre uno y otro patrón de pisada? ¿Es relevante para la práctica del running y la prevención de lesiones?

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